Joder, estoy tan eufórico que no sé ni por donde empezar la reseña. Vamos allá.
Buenas noches damas y caballeros. Es veinticuatro de diciembre de dos mil diecisiete. Son las ocho y veintitrés de la tarde. Acabo de terminar el libro que titula ésta reseña. E instantes antes de empezar a metabolizar las emociones que me ha producido acabarlo, estaba pletórico. Ahora, recobrada la compostura, aunque algo nervioso, cuál virgen tras su primer orgasmo, me dispongo a contaros como ha sido. La lectura, no el orgasmo.
Y es que cuando uno termina un libro, joder, son muchas emociones de repente, todas las que se han ido cociendo a fuego lento durante la lectura y que de repente eclosionan, un montón de endorfinas emporradas viajando por el cerebro a la velocidad de la luz, mientras te dan ganas de llorar a la par que te empalmas. Si te ha gustado el libro. Y si no te ha gustado, un torrente similar pero opuesto que te deja una mala hostia que en el fondo te gusta un poco, porque es una mala leche, pero con clase, porque es mala leche literaria. Queda dicho, no hablaré ahora de ello, porque estoy demasiado entusias-ma-do, como decía el de Vicky el vikingo.
Y ahora hablemos del libro y dejemos mi vulgar diatriba, que yo sé que es vulgar y lo peor me regodeo en ella, porque en el fondo, tengo buena mano para ser un burro y expresarme como tal y eso me gusta, fíjense hasta que cotas llega mi vulgaridad.














