Éste es uno de los primeros relatos de Poe que leí, y quizá por
ello, además de por la grandeza de la literatura que posee, sea de
mis favoritos.
La historia nos presenta a un hombre, el narrador de la historia, una
vez más en primera persona y narrando hechos ya acontecidos. Éste
hombre nos explica que un individuo, de nombre Fortunato, competió
una afrenta contra él, que piensa vengar. Desde el principio nos
explica que su propósito, su plan, es vengarse de Fortunato, pero no
basta con vengarse, debe de hacerlo con total impunidad, acabar con
él, y que nunca su castigo se vuelva contra quien lo ejecuta, pues
entonces el vengador ya no lo es según sus propias palabras, además
lo hace sin despertar ninguna sospecha, trata a Fortunato con el
cariño y aprecio que siempre le ha dispensado. Su plan está hilado
a la perfección.
Ambos personajes, narrador y víctima, son expertos y amantes del
vino, de ésta manera, el narrador decide tenderle una trampa, usando
el que cree que es el punto débil de Fortunato, que es un hombre
respetado y temido. En los carnavales, Nuestro protagonista se acerca
a Fortunato, ya ebrio a esas alturas de la noche, y le explica que ha
comprado un barril de amontillado, pero no ha podido probarlo aún, y
temiendo haberse dejado llevar por la ganga, cree que ha podido ser
estafado, por no haber podido contar con un experto en vinos como es
Fortunato en el momento de la compra. Fortunato, impresionado
prácticamente le exige al protagonista ir a probar ese barril y
averiguar si es o no amontillado. Nuestro protagonista, hace más
irresistible la trampa, tentando ésta vez al ego de Fortunato, le
alega que sus bodegas son muy húmedas y teme que eso pueda hacerle
enfermar, que mejor será buscar a un tal Luchresi, que suponemos
experto en vinos y quizás enemigo de Fortunato. La trampa surte
efecto y Fortunato entra sólo en ella, arrastrando al protagonista
hacía las bodegas al haberse sentido herido en su ego. Mientras
bajan a las mismas, el protagonista numerosas veces le dice a
Fortunato que vuelvan, alegando la excesiva humedad del ambiente, y
quizás por lo casi prohibitivo de la aventura Fortunato siente más
y más ganas de seguir adelante, apretando sin saberlo el nudo de la
soga que le quitará la vida. Hay que remarcar que la mayor parte de
éste relato son conversaciones entre Fortunato y el protagonista, y
de ello hay que remarcar a su vez, que son conversaciones genialmente
escritas, de un ingenio e ironía excepcional, conversaciones que se
llenan de oscuridad al saber nosotros, como lectores cuales son las
reales intenciones del protagonista. Hay una clara alusión a los
masones, que podría ser muy seriamente estudiada, en busca de algún
vínculo entre Edgar Allan Poe, y dicha sociedad. Pero eso es tema de
otro artículo, sólo os lo menciono por si os pica la curiosidad.
Finalmente llegan a la trampa, el protagonista le indica a Fortunato
que siga hacía adelante introduciéndose en un agujero en una pared,
le sigue, y en un momento dado, con una cadena y grilletes que tenía
preparado y con suma rapidez, encadena a Fortunato a unas argollas
ancladas a la pared, este, borracho y estupefacto no entiende lo que
pasa, y pregunta por el infame barril de amontillado. Nuestro
protagonista juega con él, se burla de él, y empieza a levantar una
pared para emparedarlo vivo. Hilera por hilera va llenando el hueco
de ladrillos y argamasa. Y va disfrutando con la creciente agonía y
horror de su víctima que va despejándose y entendiendo lo que
ocurre. Fortunato primero grita de terror, buscando auxilio, luego
agita las cadenas, intentando huir, hasta que simplemente calla,
intentando asimilar que le están asesinando, que están clavando la
tapa de su ataúd con el dentro y vivo.
Llega un momento que Fortunato estalla en carcajadas, sobresaltando a
nuestro protagonista que de todo lo que podía esperar no esperaba
tal reacción, cuando decide descubrir de que ríe su víctima,
Fortunato le dice que ha sido una buena broma, que eso daría mucho
de que hablar con su círculo de amistades, pero que ya es tarde y
que le vaya soltando y liberando. Fortunato está completamente
desesperado y se intenta agarrar a un clavo ardiendo. Nuestro
protagonista y su verdugo, decide burlarse de él, y continua
trabajando, hasta que ya sólo le falta una última parte por tapar
para acabar con su trabajo. Intenta averiguar, por puro goce
homicida, que tal le va a Fortunaro allí dentro, pero éste no da
señales de vida, nuestro protagonista, quizás temeroso de que su
venganza haya sido más corta y menos cruel de lo esperado, que su
víctima haya conseguido encontrar una manera de morir antes de morir
inanición o por falta de oxígeno, tira una vela dentro, esperando
una respuesta, y entonces oye los cascabeles del disfraz de Fortunato
moverse. Sigue vivo, pero ahora está completamente callado, ha
perdido toda esperanza de sobrevivir. Nuestro protagonista, quizás
por error, o porque todos tenemos aunque sea un poco sólo dentro,
siente un resquicio de humanidad, compasión y lástima. Pero decide
no prestar atención a esos sentimientos, achacándolos a la humedad
del ambiente. Finalmente abandona la escena del crimen, dejando un
lugar en el que nadie imaginaría que hay oculto un cuerpo. Y cuando
está cerca de salir de la bodega oye los gritos desesperados de
Fortunato, enloquecido de impotencia y rabia, sabedor de que va morir
y no puede hacer nada para evitarlo. Él decide hacer una última
burla a su víctima, decide gritar, más fuerte, hasta tapar los
gritos de Fortunato, quitándole hasta el derecho de hacer que su
rabia sea oída por su verdugo...

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