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| Photo by Dardan on Unsplash |
Necesitaba comprimir todo lo que sentía en algún lugar. Y ha acabado saliendo esto. Creo que me ha aliviado un poco. Al menos. Aquí lo dejo. Hoy ha sido un día difícil. Y me habría hundido de no ser por tener aunque sea un único apoyo. El más valioso para ser justos. Pero cuando las ganas de llorar te llegan al final del día, todo parece poco. A veces me cuesta entender las cosas que pasan, de las que soy testigo o padecedor. Eso le hace sentir solo a cualquiera. Y ciertas perspectivas, sin entrar en si son acertadas o no, se vuelven dolorosas. En conclusión, siento que tengáis que padecer estos brotes.
Era un ser peculiar, utilizando la acepción del adjetivo que
significa extraño, que denota algo negativo. La misma que se
pronuncia utilizando cada fonema con una expresión de incomodez e
incluso asco. Su recuerdo era sinónimo de aberración, de
deformidad. La misma empezaba en la imaginación de quienes lo
evocaban a la memoria. Estudiado con un ojo crítico, su aspecto, la
aberrante forma implícita a su existencia, no era para tanto. Pero
era difícil mantener el juicio tan frío cómo para percatarse de
tal detalle.
No era su forma lo que incitaba al odio. No por miedo, cómo suele
ser. Sino por odio. De alguna manera, su mera presencia, la
consciencia de que vivía, respiraba y sentía, hacía nacer en
quienes se percataban de él, un visceral rechazo y una profunda ira.
No había ninguna clase de delito, crimen o fechoría hecha por su
mano. No era a decir verdad, culpable de nada, realmente. Si acaso,
de haber nacido.
Patente era, más allá de la aversión y la fobia, de la hostilidad
y la agresión que nunca faltaban en su trato, que en él, algo había
que no encajaba. Algo que no funcionaba. Era evidente que algo no
cuadraba en aquel monstruo, dicha catalogación era consecuencia de
ello. Patente estorbo para la sociedad, para la humanidad, en
definitiva y para ser claros, para la vida
En un ejercicio de resistencia, de temple y disciplina, necesarios
dichos atributos, todos ellos, para soportar la animadversión que
acompañaba a proyectar en la mente su presencia; Se podría uno
preguntar acerca de que podía sentir un ser así. Si es que sentía
algo.
Si es que sentía, podríamos aventurar, sin miedo a equivocarnos,
que sentiría un increíble, un inapagable, un inamovible, desazón.
Fruto primeramente de la soledad. También del desapego.
Entendemos cómo soledad, en general, la falta de compañía. Pero la
soledad, el verdadero dolor que ésta infringe en el espíritu, no
llega por éste hecho. La verdadera soledad y su agonía, provienen
del aislamiento de un individuo o ser vivo, del tipo que sea, ante la
certeza de que dicha tortura, no va acabar. Pues en el caso de un
humano aquejado de ésta maldición, pues enfermeras o afección son
términos incapaces de englobarlo por completo; no habrá compañía
y por ende remedio a dicho mal.
Tratados éstos principios; Que inspira, por qué y que siente al
respecto, podríamos centrarnos en que clase de ser es, cuál es su
naturaleza, de donde surgió y por qué. Y sin miedo a equivocarnos,
ése sería el quid de la cuestión.
No son sus actos lo que le han convertido en objeto de tal repulsa.
No es su aspecto, ni siquiera su forma de ser. No lo son sus
sentimiento, pues los mismos son perfectamente normales, hasta el
punto de ser cómo los propios de nuestra especie. Es decir, los
mismos que podríamos tener usted y yo. Hemos dicho que es un ser
catalogado cómo aberración que causa animadversión, grima y basca.
El porqué, por mucho que indaguemos, nunca seguramente será
resuelto. Pues zanjando el paradigma de qué es, hemos de decir, que
es un simple hombre. Cómo usted y cómo yo. Nacido de una madre y un
padre, en unas circunstancias o en otras. No es un mal hombre,
tampoco un individuo notable. No es ni bueno ni malo, no hasta el
extremo que mereciera remarcar, que mereciera especificar, más allá
del termino “normal”.
No es famoso, más bien anónimo. No es rico ni poderoso, para
despertar ningún tipo de envidia. Y quizás los sentimientos menos
desfavorables que inspire, en limitadas ocasiones, hay que mencionar,
sean los más cercanos a la lástima. Éste individuo es un hombre
más, al que más allá de lo que despierta en los demás, solo lo
distingue el haber tenido, profundamente marcado en su sino, dese su
primer día, el rechazo. Cómo un gran “No” que rondara
marcándole, que le coronara, cómo una sombra. Que flotara encima de
él.
Quizás sea por su nombre, a lo mejor está maldito. Quizás sea la
forma de sus ojos, una increíble mala casualidad, que dio en su día
conque en las facciones de su rostro, se alineara la perfecta
ecuación de dimensiones que hacían que las mismas provocasen en los
demás, sin entrar en los parámetros de la deformidad monstruosa; el
más contundente repudio. Seguir lanzando teorías al aire, es un
buen ejercicio imaginativo, pero más allá de eso, no tiene ninguna
validez empírica.
En conclusión, éste ser podría ser llamado, de hecho, es, un
monstruo. Con todas las consecuencias de ello. Algunas explicadas en
las anteriores líneas, otras no. No hay una evidencia clara, ni un
porqué plausible. Es un monstruo, porque el fenómeno que marca su
vida necesita de éste hecho para darse. Es un monstruo porque sólo
un monstruo puede desencadenar tales sentimientos y emociones, y cómo
tales sentimientos y emociones sólo puede desencadenarlas un
monstruo éste tipo, éste pobre diablo, debe ser uno.
La mejor y más simple manera de explicarlo, es limitarse a decir qué
éste desgraciado es un simple error. Una equivocación. Algo
perfectamente normal en el proceso natural de la vida.

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