domingo, 25 de agosto de 2019

Este mundo es maravilloso.


Este mundo es maravilloso, no me cabe duda.
Todo un conjunto de seres y cosas creados a partir del simple azar. De la casualidad, de una forma que sólo puede ser definida cómo mágica. Un proceso casi erróneo, que se ha extendido durante millones de millones de años, para regalarnos un paraíso que pese a nuestra forma de interactuación con el mismo, sigue aguantando, lo suficiente, para deslumbrarnos.
Un plano, mundo o realidad, cómo quieran llamarlo, en el que podemos encontrar cosas tan increíbles, tan panaceicas, cómo una canción casi perfecta. Y por ello, por no haber tocado techo, por no haber dado una respuesta imposible de igualar o repetir, perfecta, por dejar el lugar suficiente para que haya otras canciones, casi perfectas, pero no tan perfectas cómo para cumplir una meta que acabaría con el arte por el que dichas melodías vieron la luz. Y cómo me refiero a canciones, puedo hablar de películas. Tramas ideales salpicadas de interpretaciones únicas, con historias imposibles y bandas sonoras que aderezan con suma perfección cuanto vemos, dando lugar a increíbles sinfonías, a auténtico arte sonoro que tiene un tema para hablar del mal, del bien, del destino, del deber. Y que nos deleita, a través de una danza con el medio visual y todo lo que le acompaña, dando lugar a la forma más refinada de arte y más breve que podríamos esperar.
Cuadros, cómics, novelas. Tetro, escultura. Pinceladas de perfección lo suficientemente imperfecta para no saciar nunca una mente curiosa y sibarita. En un proceso inacabable. Evolutivo, donde la mediocridad, el fallo o el estancamiento sólo da lugar a nuevas interpretaciones, estilos y conceptos que renuevan al arte en cada una de sus formas, una y otra y otra vez. Para descubrirnos un ente vivo, superior a la conciencia humana, inmortal, indefinible, irrepetible. Alcanzando así la perfección. No en una de sus facetas. No en una de las formas que intentan alcanzarle. Sino en su concepto. El arte, el sumun de toda esa música, ese cine, esa literatura, ese pintura. El ser viviente detrás de la mala que provoca la buena, ese ser es perfecto y por casualidades, ha tenido lugar en nuestro mundo. En nuestra realidad. Es imposible no ver, que éste mundo es maravilloso. Sólo si nos fijamos en una creación pensada y meditada, en una creación consecuente a la obra humana.
Sin tener en cuenta el medio natural. El auténticamente fortuito.
Porque el arte tiene algo de fortuito. Pero al fin y al cabo es artificial. Pero lo natural... La vida...
El hecho de reír. La felicidad, la euforia implícita en una carcajada sincera. Es imposible de definir. De cuantificar. Se escapa a nuestra concepción la total relevancia y trascendencia de éste hecho. Podemos interpretarlo hasta cierto punto. Pero todo lo que va implícito en una carcajada, es imposible de saber. El respeto, la admiración. El cariño, la lealtad, el amor. Recibir el abrazo de un amigo tras mucho tiempo, contar con su apoyo en las duras y en las maduras. Eso es perfecto y no tiene precio. Ver amanecer desnudo buscando huir del frío de la madrugada en el calor de otro cuerpo. De alguien a quien deseas, a quien tal vez quieres, a quien puede que ames. Sentir un hombro sobre el que llorar. Eso es perfección, fortuita, quebradiza, escasa, pero perfección. Que tu mascota te salte al pecho al verte y te babee por todos lados se suba encima tuyo, enloquezca por verte. Sentir un poco de calor dentro del corazón por eso, cuando llevas todo el día sintiendo frío.
Que alguien coja tu mano, con delicadeza la bese y apoye su cara en tu palma. Que cierre los ojos, que le/la veas disfrutar de eso.
No puedo negarlo. Éste mundo es maravilloso. Es increíble y desborda arte, perfección y magia por cada recodo, en cada paisaje, en cada aventura, en cada experiencia y descubrimiento. En cada esquina. En cada mirada, en cada perspectiva.
Pero yo, yo no debo estar hecho para él. Porque no puedo explicar, ni alejar la increíble tristeza que periódicamente asalta a mi corazón. Con razón o sin ella, con motivo o sin él. No puedo explicar que acuda más tarde o más temprano. No puedo entender estos sentimientos, ni expulsarlos, ni aclararlos, ni asimilarlos. Estos impulsos autodestructivos que mi mente debe alejar durante auténticas batallas de voluntad.
Quizás no esté hecho para él. Lo que es una casualidad increíblemente cruel. Porque poder apreciar esa grandez y saberte expulsado de ella es un martirio doloroso y espinoso. Ni siquiera he recibido la clemencia de entender, de saber, de estar seguro, que hay una motivación tras ese dolor. Tras esta crueldad. Puedes apreciarlo pero no disfurtarlo durante mucho tiempo, porque... No. No hay un porqué. Igual que toda esa grandeza es fruto del azar, mí estigma lo es también. Por azar he quedado fuera del proceso. Capacitado para apreciarlo pero destituido del mismo. Por puro azar cuando fuí creado, se me dieron unos engranajes unos milimetros distintos, más grandes o más pequeños, más prononcuiados o menos, más desviados o más recotos. Una sútil diferencia que hace que mi itneracción con ésta increíble maquina mágia se haga tremendamente dolorosa. Que al intentar formar parte del proceso, los engranajes que intentan encajar en los míos, se claven cómo puas, me atraviesen hasta que pierdo la razón y la esperanza compugido por un dolor que entra por cada poro de mi piel y no es tan grande cómo para matarme del todo.
Y por eso me debato ante posibles escapatorias ante esta posibilidad. Cómo tantas otras veces. Intentando encontrar porque la parte de mi programación que me conmina a sobrevivir aún no está lo suficientemente dañada, alguna baza para aguantar. Alguna tarea sin completar que me haga seguir un poco, hasta terminarla por lo menos. Pienso, cómo tantas otras veces, en terminar de escribir. En plasmar esas ideas que tengo dentro, en quedar vacío de historias, en saciar mi condenada al fracaso vocación de escritor, convertirme en una cáscara de algo que seguramente no era para tanto, pero me infringía un deber que a veces se volvía martirio. Para así, quizás libre por primera vez, sin ataduras por primera vez, poder sentir el deseo de morirme, sin remordimientos o frustraciones para con lo que me ha quedado pendiente.
Pero un pensamiento rompe ese orden lógico. Y me hace darme cuenta de que una vez que mi vida acabe a su fin, todas esas historias, todas esas ideas, buenas o no, también finalizaran, antes de haber nacido. Seré libre de ellas. Y eso me pesaría tanto si pudiera sentir algo después de desaparecer en la nada, cómo cargar con ellas. Hasta el punto de que pierdo la noción de si vivo porque necesito escribir, o escribo porque necesito vivir. Y una agonía llega y es la idea de que si consigo sobrevivir por el impulso de escribir, de terminar una sóla cosa en mi vida, puede que tenga la desdicha, de verme obligado a no escribir. Ya sea por la mediocridad de mi estilo, ya sea por algún tipo de circunstancia ajena a mi control que me lo impida. Desde una lenta y degenerativa enfermedad, hasta un accidente que hiciera que mi última expresión fuera de terror, al ver mi plan frustrado, no ante el objeto o circunstancia que me mata. Y me doy cuenta de lo terriblemente vacía que es mi existencia, cuando ante una maquina mágica cómo es el mundo y realidad que me acogen, yo pierdo mi tiempo en tales reflexiones.
Con esto, no veo más que la futilidad de todo pensamiento hilado. Y la necesidad de buscar ya sea para encontrar un pretexto para sobrevivir, para encontrar una motivación para acortar la agonía; Una nueva motivación.
Pero al mirar en mí, sólo encuentro oscuridad. Inseguridad. Soledad. Incomprensión. Y pena. La pena que siento por mí, tan abrumadora, que me hace caer en lo ridículo, hasta sentir una vergüenza ajena de mi mismo, tan grande que entro en un desasosiego incabable, que me hace maldecir, no poder encontrar paz ni en mi propia miseria.
Quizás debería acudir a la regla de los tres días. Pero si hecho cuentas, caígo en que llevo más de tres días así. Y seguir esa norma, me lleva más a tachar con anhelo los días del calendario, que a disfrutarlos a fin de encontrar una motivación que acerque a mí la supervivencia.
Y siento miedo. Es la verdad. Cuando me doy cuenta de que lo único que se interpone entre mi supervivencia y mi inmolación soy yo. Una delgada línea, deteriorada, quebradiza y nada fiable. Es casi ridículo. Cómo colgar de un fino hilo de nailon desde un séptimo piso.
Y entonces me doy cuenta de que soy tan tremendamente aburrido con estos pensamientos hilados sin parar, que al margen de mi motivación, de mis ánimo o dolor. Merezco realmente sufrir una inmediata aniquilación, por pedante. Por quejica. Por patético. Y sólo deseo caer en el silencio, en la soledad, donde no moleste a nadie, donde no estorbe en absoluto, donde pase tan desapercibido que desaparezca cómo si nunca hubiera existido, tan rápida y sutilmente que ni siquiera yo, me de cuenta de que me he ido. Porque ni no merecía la atención de ni mi propia persona.
Y entonces me lleno de lágrimas. Y pienso que si alguien alguna vez sabe de mí, por encontrar alguna palabra mía quizás... yo ya no seré nada. Algo a ignorar, únicamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario