Todo un conjunto de seres y cosas creados a partir del simple azar.
De la casualidad, de una forma que sólo puede ser definida cómo
mágica. Un proceso casi erróneo, que se ha extendido durante
millones de millones de años, para regalarnos un paraíso que pese a
nuestra forma de interactuación con el mismo, sigue aguantando, lo
suficiente, para deslumbrarnos.
Un plano, mundo o realidad, cómo quieran llamarlo, en el que podemos
encontrar cosas tan increíbles, tan panaceicas, cómo una canción
casi perfecta. Y por ello, por no haber tocado techo, por no haber
dado una respuesta imposible de igualar o repetir, perfecta, por
dejar el lugar suficiente para que haya otras canciones, casi
perfectas, pero no tan perfectas cómo para cumplir una meta que
acabaría con el arte por el que dichas melodías vieron la luz. Y
cómo me refiero a canciones, puedo hablar de películas. Tramas
ideales salpicadas de interpretaciones únicas, con historias
imposibles y bandas sonoras que aderezan con suma perfección cuanto
vemos, dando lugar a increíbles sinfonías, a auténtico arte sonoro
que tiene un tema para hablar del mal, del bien, del destino, del
deber. Y que nos deleita, a través de una danza con el medio visual
y todo lo que le acompaña, dando lugar a la forma más refinada de
arte y más breve que podríamos esperar.
Cuadros, cómics, novelas. Tetro, escultura. Pinceladas de perfección
lo suficientemente imperfecta para no saciar nunca una mente curiosa
y sibarita. En un proceso inacabable. Evolutivo, donde la
mediocridad, el fallo o el estancamiento sólo da lugar a nuevas
interpretaciones, estilos y conceptos que renuevan al arte en cada
una de sus formas, una y otra y otra vez. Para descubrirnos un ente
vivo, superior a la conciencia humana, inmortal, indefinible,
irrepetible. Alcanzando así la perfección. No en una de sus
facetas. No en una de las formas que intentan alcanzarle. Sino en su
concepto. El arte, el sumun de toda esa música, ese cine, esa
literatura, ese pintura. El ser viviente detrás de la mala que
provoca la buena, ese ser es perfecto y por casualidades, ha tenido
lugar en nuestro mundo. En nuestra realidad. Es imposible no ver, que
éste mundo es maravilloso. Sólo si nos fijamos en una creación
pensada y meditada, en una creación consecuente a la obra humana.
Sin tener en cuenta el medio natural. El auténticamente fortuito.
Porque el arte tiene algo de fortuito. Pero al fin y al cabo es
artificial. Pero lo natural... La vida...
El hecho de reír. La felicidad, la euforia implícita en una
carcajada sincera. Es imposible de definir. De cuantificar. Se escapa
a nuestra concepción la total relevancia y trascendencia de éste
hecho. Podemos interpretarlo hasta cierto punto. Pero todo lo que va
implícito en una carcajada, es imposible de saber. El respeto, la
admiración. El cariño, la lealtad, el amor. Recibir el abrazo de un
amigo tras mucho tiempo, contar con su apoyo en las duras y en las
maduras. Eso es perfecto y no tiene precio. Ver amanecer desnudo
buscando huir del frío de la madrugada en el calor de otro cuerpo.
De alguien a quien deseas, a quien tal vez quieres, a quien puede que
ames. Sentir un hombro sobre el que llorar. Eso es perfección,
fortuita, quebradiza, escasa, pero perfección. Que tu mascota te
salte al pecho al verte y te babee por todos lados se suba encima
tuyo, enloquezca por verte. Sentir un poco de calor dentro del
corazón por eso, cuando llevas todo el día sintiendo frío.
Que alguien coja tu mano, con delicadeza la bese y apoye su cara en
tu palma. Que cierre los ojos, que le/la veas disfrutar de eso.
No puedo negarlo. Éste mundo es maravilloso. Es increíble y
desborda arte, perfección y magia por cada recodo, en cada paisaje,
en cada aventura, en cada experiencia y descubrimiento. En cada
esquina. En cada mirada, en cada perspectiva.
Pero yo, yo no debo estar hecho para él. Porque no puedo explicar,
ni alejar la increíble tristeza que periódicamente asalta a mi
corazón. Con razón o sin ella, con motivo o sin él. No puedo
explicar que acuda más tarde o más temprano. No puedo entender
estos sentimientos, ni expulsarlos, ni aclararlos, ni asimilarlos.
Estos impulsos autodestructivos que mi mente debe alejar durante
auténticas batallas de voluntad.
Quizás no esté hecho para él. Lo que es una casualidad
increíblemente cruel. Porque poder apreciar esa grandez y saberte
expulsado de ella es un martirio doloroso y espinoso. Ni siquiera he
recibido la clemencia de entender, de saber, de estar seguro, que hay
una motivación tras ese dolor. Tras esta crueldad. Puedes apreciarlo
pero no disfurtarlo durante mucho tiempo, porque... No. No hay un
porqué. Igual que toda esa grandeza es fruto del azar, mí estigma
lo es también. Por azar he quedado fuera del proceso. Capacitado
para apreciarlo pero destituido del mismo. Por puro azar cuando fuí
creado, se me dieron unos engranajes unos milimetros distintos, más
grandes o más pequeños, más prononcuiados o menos, más desviados
o más recotos. Una sútil diferencia que hace que mi itneracción
con ésta increíble maquina mágia se haga tremendamente dolorosa.
Que al intentar formar parte del proceso, los engranajes que intentan
encajar en los míos, se claven cómo puas, me atraviesen hasta que
pierdo la razón y la esperanza compugido por un dolor que entra por
cada poro de mi piel y no es tan grande cómo para matarme del todo.
Y por eso me debato ante posibles escapatorias ante esta posibilidad.
Cómo tantas otras veces. Intentando encontrar porque la parte de mi
programación que me conmina a sobrevivir aún no está lo
suficientemente dañada, alguna baza para aguantar. Alguna tarea sin
completar que me haga seguir un poco, hasta terminarla por lo menos.
Pienso, cómo tantas otras veces, en terminar de escribir. En plasmar
esas ideas que tengo dentro, en quedar vacío de historias, en saciar
mi condenada al fracaso vocación de escritor, convertirme en una
cáscara de algo que seguramente no era para tanto, pero me infringía
un deber que a veces se volvía martirio. Para así, quizás libre
por primera vez, sin ataduras por primera vez, poder sentir el deseo
de morirme, sin remordimientos o frustraciones para con lo que me ha
quedado pendiente.
Pero un pensamiento rompe ese orden lógico. Y me hace darme cuenta
de que una vez que mi vida acabe a su fin, todas esas historias,
todas esas ideas, buenas o no, también finalizaran, antes de haber
nacido. Seré libre de ellas. Y eso me pesaría tanto si pudiera
sentir algo después de desaparecer en la nada, cómo cargar con
ellas. Hasta el punto de que pierdo la noción de si vivo porque
necesito escribir, o escribo porque necesito vivir. Y una agonía
llega y es la idea de que si consigo sobrevivir por el impulso de
escribir, de terminar una sóla cosa en mi vida, puede que tenga la
desdicha, de verme obligado a no escribir. Ya sea por la mediocridad
de mi estilo, ya sea por algún tipo de circunstancia ajena a mi
control que me lo impida. Desde una lenta y degenerativa enfermedad,
hasta un accidente que hiciera que mi última expresión fuera de
terror, al ver mi plan frustrado, no ante el objeto o circunstancia
que me mata. Y me doy cuenta de lo terriblemente vacía que es mi
existencia, cuando ante una maquina mágica cómo es el mundo y
realidad que me acogen, yo pierdo mi tiempo en tales reflexiones.
Con esto, no veo más que la futilidad de todo pensamiento hilado. Y
la necesidad de buscar ya sea para encontrar un pretexto para
sobrevivir, para encontrar una motivación para acortar la agonía;
Una nueva motivación.
Pero al mirar en mí, sólo encuentro oscuridad. Inseguridad.
Soledad. Incomprensión. Y pena. La pena que siento por mí, tan
abrumadora, que me hace caer en lo ridículo, hasta sentir una
vergüenza ajena de mi mismo, tan grande que entro en un desasosiego
incabable, que me hace maldecir, no poder encontrar paz ni en mi
propia miseria.
Quizás debería acudir a la regla de los tres días. Pero si hecho
cuentas, caígo en que llevo más de tres días así. Y seguir esa
norma, me lleva más a tachar con anhelo los días del calendario,
que a disfrutarlos a fin de encontrar una motivación que acerque a
mí la supervivencia.
Y siento miedo. Es la verdad. Cuando me doy cuenta de que lo único
que se interpone entre mi supervivencia y mi inmolación soy yo. Una
delgada línea, deteriorada, quebradiza y nada fiable. Es casi
ridículo. Cómo colgar de un fino hilo de nailon desde un séptimo
piso.
Y entonces me doy cuenta de que soy tan tremendamente aburrido con
estos pensamientos hilados sin parar, que al margen de mi motivación,
de mis ánimo o dolor. Merezco realmente sufrir una inmediata
aniquilación, por pedante. Por quejica. Por patético. Y sólo deseo
caer en el silencio, en la soledad, donde no moleste a nadie, donde
no estorbe en absoluto, donde pase tan desapercibido que desaparezca
cómo si nunca hubiera existido, tan rápida y sutilmente que ni
siquiera yo, me de cuenta de que me he ido. Porque ni no merecía la
atención de ni mi propia persona.
Y entonces me lleno de lágrimas. Y pienso que si alguien alguna vez
sabe de mí, por encontrar alguna palabra mía quizás... yo ya no
seré nada. Algo a ignorar, únicamente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario