Quien no se halla fijado creerá que sus ojos son castaños u
oscuros. Pardos o negros. Marrones o brunos. A veces, ser tan simple,
tan parco en palabras, debería tener algún tipo de condena, puesto
que no se puede describir algo de un millar de millares de matices
con una sola palabra o un único término.
Y es que sus ojos son como la madera madura, ennoblecida por un viejo
y hábil artesano, que sin ser vieja es sabia, oscura sin ser negra.
Brillante sin ser clara. El color de los bosques que narran
primitivos cuentos, de las hojas que caen para escuchar el sonido del
viento meciéndolas, el color de la corteza más dura y curtida. El
color que tienen sus ojos, cuando cuenta historias. Cuando sonríe, o
cuando sus labios silban carcajadas.
Sus ojos se oscurecen hasta ser ébano líquido, un color más
cercano al negro que a cualquier castaño, pero que sigue siendo un
oscuro marrón. Un color que le nace cuando está molesta, cuando sus
palabras se vuelven amargas al recordar a alguien que actuó mal
pudiendo actuar bien, cuando se enfrenta a ti sin ningún miedo
porque así encara ella a las personas. Entonces tan severo como el
tono de su voz o su expresión?? sus ojos se oscurecen, en ellos
anochece y pobre de ti si eres el responsable y no tienes dónde
encontrar refugio.
Sin embargo a veces destellan. Cómo las primeras luces del alba,
como pintas de oro en una mezcla de tonos pardos, como las suaves
notas musicales nacidas de un viejo y deslustrado piano. Sin perder
el tinte de madera centenaria, sin perder el matiz de bosque antiguo
y mágico, sus ojos echan chiviritas candentes, clareando sin
oscurecer. Ocurre cuando examina la vida, como si hubiera vivido más
de una, como si la suya hubiera valido por varias. Cuando parece
estar en paz y dejando fluir un profundo torrente de sabiduría por
si misma, cuando parece analizar su propia existencia siendo
consciente de su patente y aunque futuro y lejano, irrevocable final.
Parece leer entre las hebras de la existencia los vaivenes que da la
misma; Lo difícil e inútil que resulta aferrarse a un punto, lugar,
o persona concreta, esperando que nada cambie. Y entonces se hace
consciente de que la vida es una marea para que podamos fluir con
ella y evolucionar, aprender y mejorar con la misma. Que es inútil
nadar a contracorriente de ese río, pues queramos o no, vamos a
llegar a la desembocadura del mismo. Y cuando, en paz, parece llegar
a dichas reflexiones, en silencio y con rostro calmado luce
maravillosamente sabia y por tanto preciosa. Y entonces comprendes,
que esos destellos dorados, no son más que una parte de la magia que
la envuelve y que tú puedes percibir, tan notable como la magia que
respiran los árboles que nutren las tierras olvidadas de las que
ella procede.